martes, 8 de mayo de 2012

¿El gobierno confía más en la política o en la policía?


Uno de los datos centrales del actual panorama político es la presencia de conflictos, lo dice la fundación UNIR que menciona que desde 2011 se observa una tendencia creciente al endurecimiento y a la violencia en los conflictos, ya que solo en los tres primeros meses de este año hubieron 300 conflictos.  En este breve artículo ensayaremos algunas ideas sobre  la forma en que el gobierno lee los conflictos.
Una primera constatación tiene que ver con el hecho de que el gobierno enfrenta los conflictos como si todos ellos tuvieran carácter conspirador, como si ellos buscaran derribar al gobierno y truncar el/su proceso de cambio. Esta constatación, hace que el gobierno tenga tres fases en su respuesta a los conflictos.
La primera consiste en el ninguneo, el gobierno minimiza para la sociedad y para sí mismo la importancia del conflicto, percibe que sus actores son incapaces de generar mayor repercusión política, la segunda parte es la descalificación de la demanda y del conflicto con acusaciones fuera de tono y de lugar  y la tercera es el represión pura y dura.  
El problema con este tratamiento del conflicto es que no es un tratamiento político, en el sentido de la política entendida como construcción del bienestar común entre actores diversos, sino de un tratamiento que más bien aniquila la política ya que no mira al otro como una fuente de información o de opinión a tomar en cuenta, sino como un factor de desestabilización política al que (necesariamente) se debe vencer y hasta humillar.  Por ello es que la forma en que se construye la estrategia política de gobierno, poco tiene que ver con la política y sí mucho con la policía, mucho con sus reportes de inteligencia y poco con una red de actores políticos propios que le permitan mayores y más acertados consejos y rutas para enfrentar el conflicto. Da la impresión que en estos casos como en muchos otros, el gobierno no toma en cuenta a su propia militancia ni a sus propios aliados, sino que construye sus medidas en un riguroso y peligroso solipsismo que lo aleja no solo de la sociedad sino de su propia base social.
Una de las grandes fortalezas del MAS fue el haber emergido de un movimiento social y político que buscaba ampliar la democracia, hacerla más inclusiva, más participativa. Ese era su norte y su brújula, imprescindibles guías que hoy parecen estar olvidadas o, peor aún, perdidas.

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