sábado, 22 de noviembre de 2025

El malestar de los titulados

 Las explicaciones en torno a la caída del Movimiento al Socialismo (MAS) suele centrarse en su declarado populismo, su evidente autoritarismo o su mala gestión de la crisis económica. Sin embargo, estos enfoques pasan por alto una fractura social que se incubó bajo la superficie política: la brecha creciente entre la formación profesional y las oportunidades reales de empleo digno. En otras palabras, existe un sistema educativo expansivo que ha generado expectativas de movilidad social que el modelo económico es incapaz de satisfacer.



Los datos son realmente sorprendentes: entre 2008 y 2022, un total de 370.118 personas se titularon como profesionales de la universidad pública y 53.387 de las privadas, sumando un total de 423.505 nuevos profesionales. Este es, sin duda, un cambio notable en el nivel de profesionalización y en las posibilidades de mejora, porque, como se sabe, la educación superior es el mecanismo más poderoso de movilidad social, que consiste en tener mejores condiciones económicas y sociales que los progenitores.


Sin embargo, esta movilidad no se ha dado de manera amplia. A contrapelo de lo que podría suponerse, la informalidad laboral (que excluye a muchos profesionales del empleo digno o les paga mal) no solo se mantuvo, sino que creció, alcanzando cifras alarmantes que superan el 80% de la fuerza laboral. Esto implica que muchos de estos profesionales no encontraron un lugar en el mercado laboral formal y, por lo tanto, estarían repitiendo o incluso empeorando el nivel de ingresos de sus progenitores.


A medida que aumentaba la masa de profesionales, se instalaba en la cabeza de ellos una especie de "ilusión meritocrática". Desde los púlpitos universitarios y en las reuniones familiares se hablaba del futuro de éxito que conlleva el esfuerzo por profesionalizarse, del mundo de oportunidades que se abre una vez se ha alcanzado el título de licenciatura, mejor si es de maestría o de alguna especialidad. Pero esto no se dio en la realidad.


Contrariamente a esta mentalidad individualista que trae consigo la modernidad, desde el gobierno del MAS se alentó en realidad la desmeritocracia. Amparados en un discurso de que ser profesional era una "medalla colonial" y, por lo tanto, repudiable, se llegó a desdeñar la formación universitaria, a la vez que el mecanismo de selección de empleados del aparato público era todo menos meritocrático.


Las sociedades, en su diversidad, tienen varios mecanismos que explican y en el fondo legitiman la diferencia en el acceso a bienes y prestigio. Los estudios universitarios son uno de esos legitimadores. Nadie ve con extrañeza que un médico o un ingeniero tenga riqueza y sea respetado por su entorno, porque se percibe que ello es fruto de su esfuerzo (muchas veces de años o décadas). Es verdad que otra persona —un político, un comerciante, un carnicero— también puede tener acceso a bienes mucho mayores, pero ellos nunca tendrán el mismo prestigio social.


Pero, ¿qué sucede cuando la profesión no te brinda acceso ni a bienes ni a prestigio? ¿Qué pasa si los papeles, tu currículum, no sirven para gran cosa a la hora de conseguir empleo? ¿Qué pasa si tu nivel profesional no coincide con tus ingresos? La reacción primera no recae sobre el Estado (el discurso meritocrático es en el fondo despolitizador), sino en uno mismo. Las personas creen que no están lo suficientemente formados, que no han estudiado lo suficiente, y se lanzan a conseguir un título de diplomado o de maestría, o se inscribe en cuantos cursos hay, o finalmente, en el peor de los casos, compra un libro de autoayuda, de uno de esos vendehúmos como Carlos Isidro Cuauhtémoc Cárcamo y piensa que eso le salvará. Cuando nada de eso da resultado, la persona se hunde en una decepción, malestar o depresión muy bien retratada por Byung-Chul Han en su Sociedad del rendimiento.


Pero, en una segunda instancia, a esta ausencia de opciones laborales, le sigue una crisis de credibilidad del sistema político o del sistema económico como tal. Es ahí donde surge la anomia colectiva, que se manifiesta en un rechazo viceral que empero carece de identidad política e ideológica. Mi hipótesis es que este descontento de los titulados (una verdadera masa de 423.50 personas) ha generado la crisis política de 2019 y está detrás de la debacle del MAS.


Hoy, en el gobierno de Rodrigo Paz, existe un discurso meritocrático. Bienvenido que así sea. Empero, para que esto sea real, no solo es útil que se coloque en el gabinete a profesionales de larga trayectoria, de conocidas medallas y de costosas corbatas, sino que se instaure un Estado y un modelo económico que promueva y absorba esa ahora enorme masa de titulados que hoy por hoy carecen de empleo digno.


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