viernes, 9 de febrero de 2018

EXAMEN DE INGRESO A USFX Y LA REALIDAD EDUCATIVA EN CHUQUISACA

Probablemente sin quererlo, el último examen de ingreso a la Universidad San Francisco Xavier, desnudó la dramática realidad por la que pasa la educación secundaria en nuestro departamento, puesto que mostró las profundas diferencias entre la educación privada y fiscal. Según los datos brindados por la Dirección de tecnologías de información de la USFX, los jóvenes que egresan de una unidad educativa privada tienen muchas mayores posibilidades de ser admitidos en la universidad que los que salen de un colegio fiscal. Por ejemplo, de 75 postulantes del colegio privado Sagrado Corazón ingresaron 61 bachilleres, lo que  marca un 81,33% de éxito en el examen; en cambio, en el caso del colegio fiscal Cardenal Maurer, de 65 postulantes solo pasaron la prueba 15, es decir un nivel de éxito del 23.08%. Esta situación es todavía más grave en los colegios del área rural como Eduardo Sempértegui de Zudáñez que, de 11 postulantes, ninguno logró salir airoso en la prueba académica.


Con todo lo preocupante que puedan ser estos datos, en realidad no son sorprendentes, en una investigación que publicamos en junio de 2012 ya se mostraban estos mismos datos. En ese estudio postulamos que, dadas las grandes diferencias en la calidad educativa entre los colegios fiscales y particulares, lo que hacía la USFX con el examen de ingreso, era reproducir inequidades, puesto que abría las puertas de la Universidad a los estudiantes de mejores ingresos y cerraba a los más pobres.

¿Qué se debe hacer ante esto? ¿Cuáles son los caminos para dar remediar esta situación? No se trata, ciertamente, de suprimir el examen de ingreso a la USFX, puesto que la universidad necesita contar con los jóvenes más cualificados para enfrentar un proceso de profesionalización, pero tampoco, a nombre de la "calidad" se puede dejar a miles de jóvenes al margen de la posibilidad de profesionalizarse.

En primer lugar, la Universidad  a partir de su cuerpo docente debe investigar en torno al problema, detectar cuáles son los factores que yacen detrás de la mala formación de los estudiantes. Está claro que esta agenda de investigación debe ir más allá de las explicaciones convencionales, que culpan de todo a la supuesta flojera de los jóvenes o a la despreocupación de los padres. Se necesitan investigaciones que indaguen de manera profunda el fenómeno y den pautas para la elaboración de políticas públicas.

El segundo aspecto tiene que ver con la oferta de carreras en USFX. Es ciertamente escandaloso que en un país pobre como el nuestro, donde la gente tiene poco tiempo y recursos para emprender una carrera a nivel de licenciatura, USFX tenga tan poca oferta de carreras a nivel de técnico superior. Por ejemplo, para el año 2016 la matrícula en USFX solo tenía un 15% de jóvenes estudiando carreras de técnico superior.


La pobreza no es culpa de la gente, es un efecto de un sistema educativo que con su inacción y ceguera los condena a la pobreza.  USFX debe cambiar sus patrones de pensamiento, dejar los conceptos viejos y enfrentar los desafíos de la modernidad.

domingo, 4 de febrero de 2018

CONTRAPODER CIUDADANO

Bolivia es un país donde nunca la fuente de legitimidad política se ha basado solo en el acto electoral. Todos los gobiernos, desde la recuperación de la democracia en 1982, han estado supervisados por movimientos ciudadanos que pudieron censurar y, en su caso, vetar decisiones que consideraban atentatorias al interés colectivo. Es decir, para tener gobernabilidad era necesario no solo el respaldo de las urnas sino también salir airosos de la vigilancia de los grupos de la sociedad que continuamente evaluaban la gestión y las políticas emanadas desde el poder ejecutivo. Si las elecciones se realizaban cada cuatro o cinco años, la vigilancia y el control ciudadano era cotidiana, lo que a veces llevaba a serios problemas de gobernabilidad puesto que la acción ciudadana, a veces lograba limitar el poder gubernamental y, en algunos casos, incluso, reducir el mandato.  A esto Isidoro Cheresky llama “democracia continua” donde el poder ejecutivo, permanentemente debe revalidar su legitimidad a la luz del veredicto ciudadano.


Cuando Morales llega a la presidencia en 2006, lo hace montado sobre ambas fuentes de legitimidad política -dicho esquemáticamente las urnas y las calles-, lo que configuró, en una primera etapa, un gobierno de amplio consenso al frente de una débil oposición. En estas condiciones, el MAS desplegó un proyecto estatal que amplió las capacidades de intervención del Estado en la sociedad, la economía y la política.  Si en el aspecto económico la política del MAS consistió en la nacionalización de los hidrocarburos, en el plano político esto supuso la puesta en marcha de un estado que busco recentralizar buena parte de los recursos económicos de los gobiernos subnacionales (gobernaciones y alcaldías); el control, anulación y cooptación de los liderazgos políticos locales que habían emergido junto a la participación popular y, la construcción de la figura de Morales como el gran constructor de desarrollo y modernidad en el territorio a través, entre otros, del programa Evo Cumple.  Al mismo tiempo, se procedió a un control de las organizaciones sociales con el establecimiento de pactos clientelares con la cúpula dirigencial de los movimientos sociales, junto al anulación de Organizaciones no Gubernamentales críticas al gobierno, la ocupación de gran parte del espacio mediático con la compra de medios de comunicación y el control a la prensa por medio de publicidad estatal.
Con todo, la ciudadanía nunca dejo de hacer uso de su autonomía y poder de vigilancia. Pese a la política de control del poder ejecutivo sobre  los gobiernos subnacionales, varios territorios continuaron votando por candidaturas de la oposición (alcaldía de El Alto y Cochabamba, Gobernación de La Paz) y, pese al dominio sobre las organizaciones sociales e indígenas, cuando ellas vieron afectados sus intereses hicieron uso de su poder de veto haciendo retroceder al gobierno en su política (gasolinazo, TIPNIS). Por su parte, a través de medios de comunicación independientes y de organizaciones no gubernamentales dedicadas al estudio de la realidad económica y social, se denunciaron la ineficiencia del manejo de la economía, el manejo corrupto y dispendioso de los recursos del estado y la deriva autoritaria del gobierno; críticas que, además, fueron exponencialmente difundidas a través de las redes sociales de internet. En otras palabras, al frente del poder gubernamental existe una sociedad que no razona como militante sino como ciudadano, no desde la ideología sino desde sus derechos.
Este proceso de emergencia de acciones colectivas destinadas a vigilar y controlar las políticas gubernamentales, lo que Rosanvallon llama contrapoder, terminó por armar un extenso y multiforme abanico de oposición ciudadana que esperaba un canal y un motivo para ejercer su poder de veto al MAS y a Morales. El MAS con su lógica confrontacional y autoritaria, con su persistencia de instrumentalizar el poder judicial a su favor, había dañado severamente su legitimidad y abierto una posibilidad política para que el contrapoder ciudadano se manifieste.
En este contexto se dio la huelga médica, inicialmente contra dos artículos de la ley de Codígo del sistema penal (CSP) que terminó mostrando su debilidad. El gobierno, creyendo que su consenso político estaba intacto, de la mano del vicepresidente García, procedió a promulgar la nueva ley del CSP asegurando que la discusión había terminado. Empero, los médicos no dieron marcha atrás, de alguna manera percibieron la pérdida de legitimidad del gobierno y la convirtieron en oportunidad política. Superando las fiestas de fin de año, los médicos ya con varios apoyos a su causa, en enero, pasaron a la ofensiva y pudieron reunirse con los personeros del gobierno sin levantar las medidas de presión, que era la exigencia del ejecutivo. Esta debilidad fue percibida por otros sectores que también se sumaron a la lucha médica aunque ampliando la demanda a una abrogación total del flamante código penal. Ante esto el gobierno hizo maniobras para que el triunfo del contrapoder ciudadano no se consumara, empero, sin éxito: ensayó una salida despótica anunciando la aplicación de la ley y las atribuciones constitucionales del Presidente (que fue percibida por la gente como un anuncio de estado de sitio); para casi inmediatamente derogar un par de artículos del CSP; después postergó la aplicación del Código por un año y, cuando vio que ninguna de estas iniciativas daba resultado, Morales instruyó a la Asamblea la abrogación de la ley, con lo que se dio fin al conflicto.
Aunque la capacidad de veto de la ciudadanía no es una novedad en la sociedad boliviana conviene señalar algunos aspectos particulares a la luz del último conflicto. En primer lugar, existe una ampliación del espacio de disputa ciudadano puesto que el actor involucrado no pertenece a los indígenas (TIPNIS) o a los sectores populares (gasolinazo), sino a la clase media (médicos). En segundo lugar, se trata de un movimiento que demuestra el poder de las redes sociales que amplifican y fortalecen la capacidad de crítica y vigilancia del poder y, finalmente, muestra la emergencia, en las urbes, de una ciudadanía activa con capacidad de movilización pero todavía con pocas posibilidades de aglutinamiento y de propuesta política.  Hoy Bolivia carece de oposición partidaria, pero tiene un fortalecido contrapoder ciudadano. 

lunes, 8 de enero de 2018

EL GOBIERNO EN TERAPIA INTENSIVA

Lo que parecía un conflicto sin mayores repercusiones, el de los médicos, se volvió un problema de grandes proporciones que, hasta ahora, tiene al gobierno contra las cuerdas y sin estrategias claras para detener la movilización. En un primer momento, de la mano del vicepresidente se intentó ahogar la demanda promulgando el nuevo código del sistema penal con el mensaje de que el gobierno no estaba dispuesto a ceder un milímetro a las exigencias de los médicos. Paralelamente se apeló a la estrategia del desgaste, que no dio resultado puesto que los médicos continuaron con su postura sumando apoyos y simpatías.

Por ello, y luego de más de un mes de paro, contra su postura inicial, el gobierno fue a la negociación con los galenos, de donde salió un preacuerdo que, no obstante, fue rechazado por las bases de los colegios médicos colocando el tema en punto cero. Ante esto, el gobierno volvió a su postura inicial de mano dura y Evo anunció que la negociación había terminado, dando por vigente el preacuerdo con los médicos. Menos de 24 horas después, el mismo Evo flanqueado por sus fieles seguidores de la Conalcam, anunció, en tono de orden, que solicitaría al parlamento suprimir los artículos 205 y 137 del flamante código, lo que se suponía pondría contentos a los médicos y al gobierno, en aprestos de reservar mesa y silla para disfrutar del Dakar. El poder ejecutivo en poco menos de un mes había pasado del insulto (la ministra Gisela López, llamó a los médicos mercaderes de la salud y ladrones de insumos y equipamiento) a la moderación, y de la soberbia a la humildad (“retrocedo por la salud de la población”, decía Evo).



Pese a esta concesión, el conflicto no se detuvo. Para entonces otros sectores se habían sumado al pedido de los médicos conformando una bloque antigubernamental. En otras palabras, detrás de la causa médica se construyó una alianza informal entre partidos de oposición, izquierdistas desencantados, trotskistas magisteriles, movimientos antiaborto, organizaciones cívicas, de transporte y, cuando no, la cúpula eclesiástica. Todos ellos muy diferentes en ideología, en santo y en horario de misa, pero unidos en contra de lo que consideran un gobierno abusivo, intolerante y autoritario. El desconocimiento de los resultados del 21F, así como el fallo del TCP que habilita a Morales a una nueva repostulación, han dañado severamente la legitimidad del gobierno, abriendo una oportunidad política para que los movimientos contrarios a Morales ganen fuerza, cohesión y respaldo.

En esas condiciones las demandas ya no son solo por la abrogación de un par de artículos sino de todo el código, lo que pone al gobierno ante un escenario muy complejo colocándolo ante la disyuntiva de ceder anulando el nuevo código (calificado de “hermoso" por García Linera) lo que mina su autoridad e imagen de invencibilidad; o, por el contrario, proceder a la represión pura y dura que, dada la radicalidad de los sectores en conflicto, tiene imprevisibles consecuencias en la propia estabilidad de Morales en el poder.

En las últimas horas, Evo ha anunciado que aplicará la Constitución, su fuerza en las urnas y la ley para a aplacar la huelga médica, lo hace después de haberse reunido con sus bases cocaleras que conocen muy bien de cómo hacer bloqueos pero muy poco de cómo pararlos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

SU SANTIDAD EL CHE

Alguien debería hacer un tributo al fotógrafo de Che Guevara, no solo por que inmortalizó al guerrillero en varias tomas que luego adornaron poleras, vasos, llaveros y una diversidad de souvenires sino porque, en realidad, fue un instrumento para el objetivo de vida del Che que era estar en la posteridad, convertido en héroe, en mártir, en santo.



Varias evidencias señalan que al Che le interesaba más la fama que el poder: uno de sus biógrafos afirma que una vez que hubo triunfado la revolución el Che empezó a ser incómodo para los afanes políticos de  Fidel. Por ello, Castro en vez de manipular la Constitución o quejarse ante los organismos de Derechos Humanos optó por algo más seguro, mandó al carismático comandante Ernesto Guevara a que se inmole en el monte boliviano. En el fondo ambos ganaron: el Che logró que su vida, pasión y muerte fuera motivo de devoción y Fidel, ya libre de competidor político y sin un crítico a su cercanía a Moscú, se entornilló en la silla del poder hasta que la muerte lo sorprendió en un cómodo hospital de La Habana. El Che murió joven, a los 39 años, en cambio Fidel murió anciano, a los 90 años, en pleno goce de las mieles del poder.

El comandante Guevara era un invasor, qué duda cabe. Su pequeño ejército extranjero ingreso a Bolivia violando su soberanía. Lo curioso es que los militares bolivianos, los encargados de defender el suelo patrio, no eran peores. Apenas instalado el Che en Vallegrande y descubiertos sus planes conspirativos, pidieron el apoyo de los marines norteamericanos para solucionar el asunto. En esa medida, Bolivia fue un pequeño escenario donde se libró una más de las batallas de la Guerra fría que oponían a soviéticos contra norteamericanos, a comunistas contra capitalistas. Como siempre, la suerte de Bolivia se decidía fuera de sus fronteras, pero las batallas se libraban en su territorio.



Los resultados posteriores confirmaron que el Che tenía poca capacidad militar y peor tino político. La derrota de la Guerrilla fue en realidad breve, sin sobresaltos, no generó grandes adhesiones de campesinos ni mineros. El gobierno de René Barrientos permaneció en el poder y quizá hubiera seguido de no mediar una falla mecánica de su  helicóptero que lo convirtió en cenizas antes de su muerte.  Por su parte, los regímenes militares gozaron de buena salud  más de una década después.

Con todo, sería ingenuo no reconocer el legado del Che Guevara. Insisto que este no es político sino religioso. Guevara no murió como militar ni como político, murió como un mártir y eso ocasionó que la izquierda atea se hiciera devota. La muerte del Che, su entrega, la última carta a su familia, lo hizo un verdadero ícono contra el capitalismo, un ejemplo de renuncia a los bienes materiales y al poder; de lealtad a los ideales. Jhon Lee Anderson, su biógrafo más autorizado, afirma que el Che es un Cristo moderno. Tiene razón, después del Che la izquierda boliviana tiene a quien rezar.

martes, 19 de septiembre de 2017

SOBRE LA AGENDA DEL 21 F

En días pasados salió un pronunciamiento denominado “Agenda del 21 F” donde un grupo de ciento ochenta respetables personalidades, tratan de establecer  una agenda  que marque el cambio político de nuestro país. Dicha Agenda se basa en la idea de que el Gobierno de Morales va camino a convertirse en una dictadura, si es que no lo es ya. Por ello, uno de sus principales objetivos es el paso de un “estado autoritario y corporativo hacia un Estado democrático que garantice los derechos de las personas y de la naturaleza”.


Ciertamente, si lo vemos desde la perspectiva del funcionamiento de las instituciones, la calidad de la democracia en Bolivia está por los suelos: no existe independencia de poderes, la justicia ha sido instrumentalizada por el Poder ejecutivo; la Corte electoral  tiene serios antecedentes de hacer actuado parcializadamente; el respeto por la libertad de prensa es un chiste; la corrupción es una enfermedad contagiosa que sube los peldaños del poder y, por si fuera poco, uno de los rasgos de toda democracia (de la occidental y de la indígena), como es la alternatividad en el poder, tiene serios riesgos de ser fracturada, puesto que Evo ha dado muestras de no respetar el veredicto del referendo del 21 de febrero de 2016.
Sin embargo, esto que perciben los firmantes de la Agenda no es lo que percibe el pueblo. El año pasado, se publicó el informe que cada año realiza la Corporación Latinobarómetro, institución que mide el estado de la democracia en América Latina a partir de 20.204 entrevistas en 18 países. El dato que muestra es sorprendente por dos razones, la primera que el grado de respaldo a la democracia en Bolivia tiene un mayoritario 64%,  superior al que se presenta en Brasil, Perú o Chile. El segundo dato es que existe una alta correlación entre la presencia de Evo en el poder y la afección por la democracia. En otras palabras, los cambios vividos en la última década en nuestro país son una variable causal que marca el respaldo a la democracia. En 2004 este indicador señalaba un 45 por ciento de apoyo a la democracia; para 2006 sube al 58%, en 2007 al 67%, en 2009 al 71% y finalmente en 2016 el dato se estabiliza en el 65%
Cuando los firmantes de la Agenda del 21 F tipifican al Gobierno de Evo como un régimen arbitrario están en lo correcto, sin embargo eso no es algo que una buena parte de la gente comparta. Dicho de otra manera, una cosa es lo que siente la clase media intelectual boliviana, y otra muy distinta es la percibe el pueblo. Una cosa es lo que dice la Agenda de las 180 personalidades y otra la que dice la opinión pública.
Si lo que pretenden los firmantes de la Agenda 21F es construir una alternativa, el centrar la misma en la idea de que Morales es un dictador no parece ser una buena idea.

sábado, 18 de febrero de 2017

EL MAS EN PROBLEMAS LA DEMOCRACIA EN APUROS

El próximo 21 de febrero se cumple un año de la primera gran derrota política del gobierno de Evo Morales. Ese día, la opción del No en el referendo sobre una nueva postulación de Morales para las elecciones presidenciales de 2019, había ganado con un porcentaje de 51,30% de los votos.
Desde entonces el gobierno de Morales no ha podido superar una suerte de trauma político que lo persigue y que literalmente no le deja dormir. Como la derrota es una suerte de demonio o fantasma, ha  elaborado un guion que le permita exorcizar el mismo, planteando la tesis de que el pueblo el 21 de febrero voto engañado, que en realidad no fueron criterios razonados sino un engaño relativo al caso de la exnovia de Evo Gabriela Zapata y sus vinculaciones con empresas chinas, las que influyeron en su voto.  Este argumento no es gratuito, ya que permite al MAS deslegitimar el resultado del referendo y plantear otro mecanismo que permita volver a postular a Evo a las elecciones de 2019.
Como la fuerza política de Morales es todavía enorme, no solo por su popularidad sino porque tiene un dominio sobre el poder legislativo junto a una gran influencia sobre el poder judicial, nada indica que Morales no vaya como candidato presidencial en las elecciones de 2019.


Pero será un salto al vacío. Luego de más de 13 años en el poder, Morales tendrá que enfrentarse a un inevitable desgaste producto de la baja en la dinámica económica, las  denuncias de corrupción, un esquema internacional adverso en que sus pares latinoamericanos (Correa, Maduro, Kirchner) pasan por crisis políticas, y una división en el propio MAS producto de la disputa interna en torno a cuotas de poder.
En estas condiciones es poco probable que Morales repita el nivel de sus anteriores votaciones y hasta es posible que, en una segunda vuelta electoral pierda. La pregunta en estas condiciones es ¿volverá Morales a esgrimir la idea de que el pueblo voto engañado? ¿Dirá de nuevo que hubo una injerencia de la embajada americana para crear una imagen negativa del gobierno? En fin… ¿desconocerá el resultado? Aunque puede sonar todavía improbable esto no deja de ser verosímil, Morales ya manejó este argumento para no dar por válidos los resultados del 21F ¿por qué no podría volver a hacerlo?
Cuando Morales desconoce un resultado, no solo falta a su palabra sino que coloca en serio riesgo la propia democracia, ya que esta es, sobre todo, un conjunto de mecanismos que permite y facilita la toma de decisiones de la comunidad política. Cuando esta regla se rompe, naturalmente que el mismo edificio institucional del estado de derecho se ve en serio riesgo. Ya lo decía Bobbio: la democracia no genera la certidumbre sobre los resultados, pero si sobre las reglas. Reglas que, además, no son concesión gratuita de un gobierno, persona o partido, sino que es un consenso social que opta por la democracia como el mejor medio para que la lucha por el poder no termine por destruir la propia sociedad.


Esto es algo que los líderes de otros países han entendido pese a que no estaban de acuerdo con los resultados que arrojaban las urnas. En efecto, en octubre de 2016 el presidente de Colombia José Manuel Santos perdió el plebiscito para ratificar el proceso de paz, y pese que creía que su opositor Álvaro Uribe había desplegado una propaganda negativa basada en la mentira y el miedo, reconoció el resultado; por su parte, el presidente de Ecuador Rafael Correa, quien cree que los medios de comunicación mienten sobre su gobierno ya no insiste en ir a un cuarto mandato, pese a que su fortaleza política le puede permitir torcer la ley y la constitución.

Hace poco el vicepresidente García ha confesado que el referendo del pasado 21 de febrero fue un mal cálculo político del MAS. Parece un avance.  Empero los errores políticos deben pagar quienes lo cometen, nunca la democracia. 

sábado, 11 de febrero de 2017

EVO MORALES Y LAS ELITES BOLIVIANAS

El presidente de la Cámara de senadores  José Alberto Gonzales ha dicho que la gente que votó por el no en el pasado referendo lo hizo “con el hígado”, con las emociones.  Está claro que lo que ha hecho Gonzales es recoger la línea del gobierno que, en su afán de deslegitimar los resultados del referendo del 21 de febrero del año pasado, trata de convencer de que su derrota fue porque la gente que acudió al referendo y voto por el No, lo hizo engañada, molesta, llena de ira y rabia, por asuntos que eran, en el fondo, falsos ( Fondioc, Zapata).
Bolivia es un país lleno de emociones políticas. Aunque son varias las cosas que emocionan a los bolivianos una en especial la convoca: la lucha contra las elites. Para el imaginario político boliviano las elites son esencialmente insensibles, explotadoras y abusivas. Gran parte de su lucha política se ha dado para librarse de ellas. Tiene dos momentos relevantes: en 1952, cuando se expulsó a los más grandes prominentes de la elite minera boliviana como Patiño, Horschild y Aramayo; y en 2003 cuando los movimientos sociales sacaron del poder a Gonzalo Sánchez de Lozada, cabal expresión de la elite boliviana que se había enfangado en ineficiencia y corrupción.  En ambos casos, esta expulsión de la elite a la vez ha significado la presencia de un líder poderoso que gobierna el país por largo tiempo: Víctor Paz en 1952, Evo Morales en 2005.


Como ocurre con toda emoción política, la rabia y el enojo contra las elites no cambia con el tiempo, ellas están ahí, ocultas, olvidadas, en estado de latencia, hasta el momento en que viene el personaje que las hace despertar y las convierte en factor de movilización política, de lucha por el poder. Este sentimiento antielite va más allá de las clases sociales, la portan por igual las clase citadinas como las rurales, las clase pobre como las clases medias, aunque es posible pensar que los que la politizan son intelectuales de la clase media que teorizan sobre esta emoción, la revisten de racionalidad y de tradición teórica, la convierten en proyecto político. El 1952 quienes teorizaron sobre las elites fueron Carlos Montenegro y Walter Guevara; y en 2003 fueron los intelectuales nucleados en torno al grupo Comuna: Tapia, García y Prada.
La clave es que este sentimiento antielite, puede volverse en contra de los que antes lucharon contra la elite, cuando para la mirada de la masa, ellos se convierten en elites también. Esto es lo que pasó con Víctor Paz en 1964 cuando a raíz de su tercer mandato fue expulsado del poder por su vicepresidente Rene Barrientos, un militar cuya popularidad radicaba en estar junto al pueblo, en comer junto al pueblo, en beber junto al pueblo. Es como si la masa se rehusara a seguir apoyando a alguien que se ha vuelto parte de la elite y optara por cambiarlo por un caudillo que promete volver a la igualdad tan soñada (aunque ella, en realidad, sea más nominal de que real).
La pregunta es ¿Evo Morales va camino a ser considerado como esa elite que antes denostó y despojo de su poder? Algunos hechos nos muestran que eso es así. Dejando de lado sus continuos viajes y su vida llena de aéreos lujos, mencionemos que hace poco inauguró un museo que si bien tiene como nombre "Museo de la revolución democrática y cultural", en realidad está dedicado al culto a su personalidad y cuyo costo es un verdadero escándalo en un país pobre: siete millones de dólares. Por su parte, en febrero del año pasado llevó al país a un referendo para mantenerse en el poder más allá del 2019 y cuyo resultado ha desconocido flagrantemente.

Como dijimos las elites no gozan de apoyo ni popularidad en la sociedad boliviana. El tradicional igualitarismo boliviano siempre termina por derrocar a la elite encumbrada en el poder. Empero no es suficiente que exista una elite ni el sentimiento contrario a ella, hace falta que alguien active esos imaginarios y convierta la tendencia antielite en una organización dotada de discurso y proyecto político. El 21 F demostró que el sentimiento de rechazo a una elite encumbrada en el poder existe, hace falta alguien que transforme este rechazo en proyecto de recambio político.