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viernes, 16 de agosto de 2024

¿A QUIEN LE INTERESA DECIDIR?

Según los anuncios, en diciembre de 2024, los bolivianos asistiremos a la urnas para tomar decisiones de todo color y sabor. Según la propuesta presidencial del 6 de agosto pasado, tendremos que optar sobre si Evo Morales va o no como candidato en 2025; también se consultará si el Tribunal Supremo Electoral (TSE) obedece o no al último Censo y cambia la actual distribución de número de diputados por departamento en función de su población; por último, nos encargarán dar un voto afirmativo o negativo en relación a suspender el congelamiento en los precios de los carburantes. Por si esto fuera poco, el pasado martes, el TSE ha anunciado la realización de elecciones judiciales para el uno de diciembre del presente año.  

 

Pero, ¿A quién le interesa decidir sobre estos temas? A muy pocos en realidad. Esto ocurre por la sencilla razón que estos asuntos ya están escritos en la actual Constitución Política del Estado Plurinacional (CPEP) y no cabe consulta alguna.  El tema de la reelección ya está clara: no puede haber más de una reelección continua y quienes violen este mandato deben sufrir pena corporal; lo mismo ocurre con la distribución de escaños por departamento, y ni qué decir de la facultad privativa del presidente del Estado para tomar decisiones en asuntos de política económica. 

 

En rigor, todos estos temas los bolivianos ya lo hemos resuelto en 2009, cuando aprobamos por mayoría y en referendo la Carta Magna que fue discutida en Sucre, disputada en la Calancha (con saldos de heridos y muertos) y, finalmente, redactada en Oruro. Lo que cabe solo es su aplicación razonada y rigurosa. 




 

Analizando caso por caso, las elecciones judiciales no despiertan expectativa porque la gente está persuadida que gane quien gane, la justicia no se hará más competente, más rápida y más honesta sino todo lo contrario. Por su lado, si gana la opción del no a la reelección, Morales estará vetado de postular a un nuevo mandato, pero, en realidad,  no se habrá avanzado mucho, ya que dada la escuálida situación de la oposición partidaria, es poco probable que en las próximas elecciones presidenciales triunfe otro candidato que no sea uno de las filas azules. Se elegirá a uno más joven o más viejo, más letrado o más bárbaro, pero el resultado será el mismo: la continuación del evismo sin Evo. 

 

Lo mismo pasa con la posible consulta respecto al levantamiento de la subvención a los carburantes. Cualquier opción que gane, la situación será la misma: no tenemos un aparato productivo robusto que genere divisas por exportaciones que puedan sustituir a la declinante producción de gas y petróleo. Finalmente, en el tema de la redistribución de los curules por departamento, sea cual fuere el veredicto de las urnas, se mantendrá la lógica gubernamental de debilitar o anular el poder de las regiones. 

 

En suma, todas las consultas o elecciones propuestas no importan a la gente sino a las elites políticas. Las facciones evista y arcista buscan que la ciudadanía, con su voto, defina aquello que ellos no pueden o no quieren resolver. Es verdad que todos estos temas hoy copan los titulares de periódicos, y la política pareciera girar sobre estos ejes de discusión, sin embargo esta no es la realidad. La gente siente que todos esos puntos son asunto de políticos pero no de ellos, no del mundo popular que ve que la capacidad adquisitiva de sus ingresos disminuye cada día. 

 

Hoy existe una doble polarización en nuestro país. La primera que envuelve a la elites políticas masistas y su pelea interna y que ya ha ocasionado un descalabro político y económico de proporciones. La segunda, menos notoria, es la que se da entre la gente y el MAS. La política en Bolivia vive en realidades paralelas, con prioridades y agendas distintas. 

 

El MAS cree que está actuando bien porque hasta el momento no encuentra partido opositor competitivo. Sigue dilapidando su capital político como si este fuera eterno. No se da cuenta o no quiere darse cuenta del mensaje de octubre de 2019: la gente, aún sin dirección y liderazgo político, puede salir a las calles a desalojar del poder a un mal gobierno y para ello no necesita ni de elecciones, ni de consultas ni de referéndums, solo de su poder en las calles. 

 

Sucre, agosto de 2024

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 6 de enero de 2016

REFERENDUM DEL 21 DE FEBRERO, LA DIFICULTAD DE ARMAR UNA ESTRATEGIA CUANDO EVO NO ES CANDIDATO

Cuando la Asamblea Legislativa Plurinacional en septiembre de 2015 recibió a los movimientos sociales con la propuesta de modificación de la Constitución para permitir la repostulación de Morales y García, la estrategia del MAS estaba clara: Morales en virtud a su popularidad podía arrastrar por si solo la campaña por el Si para su repostulación. El diagnóstico era que las recientes derrotas del MAS en las elecciones subnacionales como  en los referendos autonómicos, se habían dado por que Evo no era el actor central. Con Evo como candidato otro sería el resultado, afirmaron. Los números daban verosimilitud a esta certidumbre: Evo siempre había ganado por mayoría absoluta todas las elecciones y las encuestas realizadas recientemente situaban a Morales en la cúspide de su popularidad.

Empero, varios datos señalaron que esta estrategia no daba los frutos esperados.



Las señales de alarma fueron las encuestas de varios medios de comunicación que señalaban como ganador a la opción del No a la modificación de la Constitución; la poca asistencia a las concentraciones para respaldar la opción del Si y el poco entusiasmo de la propia militancia de cara al desafío de febrero 21.  Si bien Morales no tuvo mayores comentarios respecto a las encuestas, de hecho hizo público su desazón ante la forma en la que se desarrollaba la campaña. En Sucre, en un soleado domingo y ante muy poco público que había asistido para respaldar el Si dijo que “al ver esta concentración a veces siento que estamos perjudicando las actividades de fin de semana: asistir a fiestas, jugar fútbol, salir a comer chicharrón, por ejemplo. Otra vez campaña, qué nos dirá la gente” (Correo del Sur 14.12. 2015); y respecto a lo incierto del resultado del referendo y la posibilidad de derrota, a modo de consuelo, dijo “aunque no aprueben (la reforma constitucional) finalmente nuestra reelección, no importa, hemos hecho, hicimos historia gracias al pueblo boliviano” (Página Siete, 31.12.2015).

A esas alturas estaba claro que Morales no podía por si solo ponerse al hombro toda la campaña.

En este contexto se desplegaron otras estrategias: mostrar los logros del gobierno en sus diez años de gestión; denostar a todos los que apoyan el No a la repostulación y aplicar la estrategia del miedo. Para lo primero se diseñó una campaña comunicacional que consiste en agrupar la gestión en 10 logros y aprovechar las entregas de obras para hacer campaña por el Si; para lo segundo, se trata de unir en una misma bolsa a la variopinta militancia por el No como derechista, gonista y neoliberal y, para lo tercero, se trata de anunciar poco menos que el apocalipsis de ganar la opción del No a la reforma a la CPE.

El 21 de febrero se verá si estas estrategias fueron exitosas o no. Entretanto veamos algunos problemas comunes a ellas. En primer lugar no hace creíble el discurso de la continuidad de las obras y de las políticas porque ellas  no están en juego ya que el referendo no define la estadía o no de Morales en el poder (tenemos Evo hasta el 2019  aun cuando pierda por amplio margen). Por otro lado, el discurso polarizador es un discurso demasiado amplio que casi no tiene efecto, agrupa a todos los votantes por el No como derechistas y neoliberales, lo que, en rigor, no tiene credibilidad, ya que en este grupo también están viejos izquierdistas, muchos de los cuales exhiben, orgullosos, heridas y pedigrí revolucionario, además, esto choca con la idea de que, aun cuando hubiera una derecha poderosa al frente, lo que se define no es un cambio en la conducción del Estado.

Quizá una consideración aparte y final merece la estrategia del miedo, aquella que indica que de no ganar el Si a la modificación del CPE se viene la derecha para hurtar propiedades, generar desestabilización, crisis económica y parar el desarrollo. Esta estrategia fue aplicada en varias campañas electorales, (Brasil, Argentina), empero su aplicación necesita, cuando menos, un elemento imprescindible para que no parezca chantaje, verticalismo e imposición: sutileza, algo tan lejano al estilo político de Morales y García.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

REFERÉNDUM DEL 21 DE FEBRERO, CUANDO POLARIZAR NO SIRVE

A medida que se va acercando la consulta del 21 de febrero de un cambio en la constitución que permita que Morales y García se postulen otra vez el 2019, se  nota una cierta angustia en el MAS. La forma como  han diseñado su campaña suena a evaluación presidencial, tiene olor a plebiscito. Plantean el referéndum como que no tiene que ver centralmente con la modificación de la Constitución, sino con la continuidad o no de Morales en la presidencia. Por ello, solo les sirve ganar por una amplia mayoría, reeditar los triunfos en las elecciones presidenciales de 2005 y 2009 donde casi 6 de cada 10 bolivianos optaban por Morales. Si ganan por una cifra menor o pierden se desgastan políticamente, ya que se leería su baja votación como un voto de desconfianza a la actual gestión del MAS.



Para evitar esto Morales ha puesto en acción dos estrategias que las veremos con mayor nitidez en las semanas venideras: por una parte muestra los logros de su gestión que resume en 10 puntos y, por otro, se dedica a tipificar a los posibles votantes por el No como gonistas, vendepatrias y derechistas. Hace poco el presidente dijo explícitamente “en política solo hay izquierda o derecha, en política  solo hay si estamos con el pueblo o estamos con el imperio”, “quienes están con el No están detrás de Goni (Gonzalo Sánchez de Lozada) detrás de (Carlos) Sánchez Berzaín”.  (Página Siete 23.12.2015).

Se dice que una de las maneras de fracasar en política es creer que lo que fue efectivo antes puede serlo ahora. El MAS cae en ese error. Repite una fórmula que le sirvió en las elecciones de 2005 y de 2009, cuando el país pasó por la explosión simultánea de los clivajes territoriales, étnicos y de clase.  Las alusiones a los “vendepatrias” de la derecha no solo que captaban votos  sino que eran fuertemente movilizadoras: la gente efectivamente optaba no solo a favor de Morales sino contra el anterior sistema de partidos que se había enfangado en ineptitud y corrupción. Hoy, es probable que esta dicotomización no sea efectiva porque la derecha en Bolivia es como el fantasma de Canterbille, (la genial novela de Oscar Wilde): un fantasma que existe pero que no parece asustar ni hacer daño a nadie.

El problema es que esta estrategia, aunque errada, calza bien en el perfil político y discursivo de Morales. Al final un político se acostumbra a cierto libreto, a cierta teatralidad, a cierta máscara que no puede cambiarla muy fácilmente. Morales es como el producto más puro de la polarización política, nace y crece en la confrontación, en la búsqueda y derrota de adversarios. Surgió como el más importante dirigente cocalero cuando convirtió a la hoja de coca en el símbolo de la lucha contra los Estados Unidos; pudo derrotar a los partidos del ancien regime al tipificarlos como enemigos de la patria, en laboriosos confabuladores de la unidad e integridad territorial.

Hace falta saber si este estilo de Morales es útil para ganar el referéndum del 21 de febrero. En primer lugar no interpela a una buena porción de votantes jóvenes para quienes las dictaduras que asolaron el continente entre los años 70 y 80 o la guerra del agua y del gas no son más que referencias en libros de historia. En segundo lugar, su propio discurso centrado en interculturalidad, anticapitalismo y buen vivir, se ha desgastado por lo poco que se efectivamente se avanzó y, tercero, porque, probablemente, para la gente (ya lo vimos en Argentina y Venezuela) la agenda prioritaria más bien sea la de generar consensos como clave para construir instituciones que permitan estabilidad económica, mejor justicia y lucha contra la corrupción.


En 1945, Winston Churchill, el mítico político británico que había comandado la victoria de los aliados frente a Alemania en la segunda guerra mundial, se presentó a elecciones, perdió: el discurso de Churchill servía  para la guerra no para la paz.