lunes, 30 de abril de 2012

LA SOCIEDAD TRUCHA


Debe pasar algo raro en la sociedad cuando a sus ciudadanos se les hace difícil encontrar la diferencia ente lo legal y lo ilegal, entre lo lícito y lo ilícito o, simplemente entre lo que es bueno de lo malo. Hay algo incómodo en ver cuando las personas se hacen insensibles al delito, cuando ven la ilegalidad como algo normal, cuando transgredir la norma se hace cosa de todos los días.
Una de ellas es la comercialización de productos culturales falsos, lo que la imaginería popular ha bautizado como truchos. Hoy productos como los libros falsos, es decir fotocopias de libros  que son populares o medianamente exitosos se venden por doquier, casi a cada paso, en las mismas narices de la ley y de impuestos nacionales. Los podemos ver acogidos en las plazas o paseos de las ciudades de Bolivia o dentro de las propias instituciones estatales, así no es raro que la propia alcaldía promueva Ferias de Libros donde la mayoría de los puestos de venta ofrezcan libros que son una devaluada fotocopia que tanto importa que sea de autores nacionales o extranjeros, ya que tanto se puede hallar un libro trucho de una novela de Mario Vargas Llosa como una lectura obligatoria de secundaria de Isabel Mesa de Inchauste; tanto una obra histórica del bolivianista Herbert Klein como un libro de Federico Nietszche, tanto las tiras cómicas de Mafalda como un recetario de cocina. Al negociante trucho poco le importa el origen, el autor o el título de los libros: su trabajo es vender y ganar dinero a costa del trabajo de los demás, en este caso a costa de los escritores.
En todas las épocas los intelectuales han sido explotados o su trabajo ha sido mal remunerado. En general los escritores han vendido y venden su trabajo a una editorial que, bajo la hipótesis de las ideas contenidas en el libro son menos valiosas que las hojas que componen el libro, otorga una pequeña parte de sus ingresos por ventas a los escritores que tienen que sobrevivir con esas migajas que les da la empresa.  Por ello sería que Camilo José Cela dijo en La Colmena, uno de sus libros más afamados, que “el escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin, capaz de dejarse la vida a cambio de un fajo de cuartillas en el que pueda adivinarse su minúscula verdad”. 
Sin embargo, con el libro trucho  ocurre algo en verdad peor: el escritor no recibe ni siguiera esas infames migajas que le reparte el angurriento empresario, el autor no recibe ni un solo centavo, toda la ganancia se va al fotocopiador de libros  quien, feliz con la ausencia de Estado y con la mirada admirativa y condescendiente de la sociedad, logra ganancias a costa del trabajo de otros, ni más ni menos como si estuviéramos en el esclavismo.
Esta forma de esclavismo, -que se esconde y se justifica detrás de la máscara de que se trata de personas pobres que no tienen otro ingreso para sobrevivir-,  hoy ha formado una próspera sociedad diríamos internacional, globalizada, donde hay un grupo de empresarios que se encargan de la copia del libro, otros de su distribución y otros de la venta al menudeo, sin duda con buenas ganancias, que no llegan en ningún caso al autor o los autores de los libros.
Lo grave de todo esto es que la sociedad no sanciona este tipo de actividad y menos el Estado la condena, sino que hasta la promueve bajo el criterio de que la cultura debe ser barata y mejor si es gratuita, desconociendo los derechos a un trabajo justo y remunerado de escritores e investigadores que tuvieron el grave pecado de producir buenos libros para que otros se aprovechen de ellos.

jueves, 15 de marzo de 2012

DE COCA, DIOSES Y JUSTICIA

   Si hay algo que caracteriza a un juez o magistrado es vivir con el fantasma de la  equivocación, de emitir un fallo no solo no basado en la ley sino sustentado en datos falsos y fuentes dudosas. A menudo, los jueces antes de dictar sentencia tienen que leer miles de páginas y escuchar otro tanto de acusaciones y alegatos, tienen que sopesar testimonios, y evaluar documentos y argumentos jurídicos. Eso, sin contar con las presiones de toda índole que tienen que soportar o convenir a diario, en medio de un sistema administrativo escandalosamente lento e indolente.
Qué duda cabe, una fuerte incertidumbre corroe los días de los jueces  debido, entre otros factores, a que tienen que decidir, con sus veredictos y dictámenes, con la absolución o la condena, los destinos de personas que no conocen y que, probablemente, nunca quisieron conocer.
Será por ello que, contraviniendo toda lógica de un estado moderno, ese estado que tras largas luchas por la racionalidad ha separado las esferas de la Iglesia y del Estado, muchas veces en los actos públicos vemos a los administradores de justicia acompañados de altos jerarcas de la iglesia, haciendo bendecir oficinas y propiedades, asistiendo a misas, iglesias, romerías y santiguándose cada vez que cruzan por la puerta de una iglesia. Los jueces creen y confían en dios  tanto que, en sus discursos, en el momento de la lectura del párrafo final,  llegan a pedir al santísimo que “ilumine y oriente” sus fallos para así contribuir a una mejor justicia.
Por ello, no sería sorprendente, si un acucioso periodista preguntara a uno de estos jueces si apelan a alguna divinidad para que les oriente en un fallo complicado y comprometido, el Juez responda que sí, que muchas veces van a una iglesia a que dios coloque en sus testas sabiduría allá donde solo hay confusión y lucidez allá donde solo existe abandono y vacío. Y lo pueden declarar públicamente, sin que por ello sus palabras se conviertan en noticia ni sus personas en anzuelo fértil de la audiencia televisiva.
Todo lo contrario resulta cuando un periodista pregunta a un magistrado indígena qué mecanismos utiliza para “consultar” sus fallos, más aún cuando estos son difíciles o complicados.  La respuesta del magistrado Gualberto Cusi de que usa la coca para aconsejarse en sus fallos, ha despertado algo así como un ataque de modernidad; han reprochado al magistrado que los fallos deben estar apegados a la ley  y no a alguna divinidad, en este caso la coca, cuya consulta a los críticos se les antoja cercano a la superstición sino es que a la brujería y, como manifestó uno de cívicos cruceños, una muestra de la ignorancia del pueblo boliviano.
Que todos los fallos deben estar apegados a la ley estamos plenamente de acuerdo. El sistema judicial debe estar lo más alejado posible de su relación con cualquier tipo de creencia, sea de dioses occidentales o de dioses andinos.  Pero no es posible que una creencia sea tolerada y aceptada y otra tachada de superstición y brujería. Una muestra del racismo moderno es catalogar ciertas culturas como atrasadas y carentes de espíritu moderno, como formas de la ignorancia y de la carencia de cultura del pueblo.
Si hemos de ser modernos, seámoslo de manera coherente suprimiendo toda práctica que muestre un poder judicial ligado a alguna iglesia, divinidad o creencia. 

miércoles, 25 de enero de 2012

Ronaldiño a mas de 4000 metros sobre el nivel del mar

Cuenta la leyenda que en tiempos algo remotos, en Potosí, una ciudad minera que tiene la rara costumbre de creer en dios y en el diablo a la vez, un señor de apellido Blanco, que vivía de la harina, los fideos y las telas que proveía a las familias potosinas, tuvo la genial idea de comprarse un equipo de fútbol llamado Bamin Real Potosí que, en los años noventa, tuvo tantos éxitos y triunfos como altas fueron las cotizaciones y ventas de minerales.

Potosí, una ciudad, en que la mitad de la gente se gana el sustento diario de lo que le extrae a las minas de su Cerro Rico y la otra mitad vive de lo que le vende a los mineros, hoy tendrá, una vez más, su momento de mayor gloria: el equipo de sus amores, Real Potosí, enfrentará al Flamengo de Brasil, el equipo de crack Ronaldiño, pidiéndole a todos los dioses un milagro utópico e imposible: que Ronaldiño haga su más fulgurante, único e inolvidable partido y que, sin embargo, su equipo, el Flamengo, pierda.

martes, 17 de enero de 2012

El juego de los que sobran

Los acontecimientos de la cumbre política, aunque inquietantes, no son sorprendentes: una parte de la oposición (UN, CN, MSM), buscó pretexto para abandonar la reunión: si no eran que los medios tenían que estar en ella, hubiera sido la agenda, si no era la agenda hubiera sido la gestión de gobierno, si no hubiera sido la gestión el color de los vasos... en fin.

Por su parte, el oficialismo, tampoco quería que esté una parte de la oposición. De ser así hubiera permitido que estén los medios de comunicación, (tanto los oficialistas como los de oposición), pero no fue de esta manera; acostumbrado como está el actual gobierno a actuar de forma solipsista, no cuida las formas, “le mete nomás” y así la oposición pudo abandonar la reunión con el discurso de víctimas, otra vez, del gobierno.

Lo cierto es que la cumbre política se quedó con partidos que creíamos estaban bajo tierra y sepultados por el MAS. Evo Morales, del que en algún momento se dijo era un “tsunami” político, actuó como un lloroso y ágil rescatista, que cree encontrar vida allá donde solo corre el viento de la soledad y el abandono. 
 Con algo más de impulso nada raro que en la cumbre hubiéramos visto al PIR o a la FSB.